Desembarco en El Dorado

Desembarco en El Dorado

Recién desembarcada en Colombia

Migraciones e ingreso al país

Me había olvidado de este step.

Me pidieron la reserva del lugar dónde me alojaría durante mi estancia en Bogotá, y como no tenía, le mandé fruta a la grande… “Hotel Peteco Petaca, carrera 5 – 48, Bogotá, bla, bla…”

Primer ritual después de migraciones: Recojo mi mochila, voy al baño, cambio 50€, busco Wi-Fi y un tomacorriente para enchufar el cargador, con la seria intención de buscar dónde dormir, pero, sobre todo, dónde llegar.

La parte que más detesto es la de cambiar dinero, porque siempre siento que me están cagando, y en el aeropuerto aún peor, porque generalmente los precios son bien diferentes a los de las normales casas de cambio.

Busco internet y no “engancha” la señal de wifi del aeropuerto. Me voy a uno de los locales de comida del tercer piso. Alegría de escuchar salsa en uno de los locales de comida.

Intento poner a cargar el celular. El enchufe tiene otra forma y no consigo un adaptador. Ay, ay, ay… me había olvidado del placer de las complicaciones de ser un recién llegado a un país del otro lado del mundo.

Me pido una cerveza en uno de los locales para beneficiarme del Wifi, y cuando quiero pagar con la tarjeta no me la acepta. Pruebo y repruebo y no hay forma. Ok… ahora si estoy en el horno. Creo que me olvidé de autorizarla para compras en el exterior antes de salir. Espero que se pueda hacer por teléfono.


El aeropuerto de Bogotá se llama El Dorado. Sí, igual que aquel misterioso lugar de leyendas mayas famoso por sus tesoros pero que está escondido y resulta imposible de llegar. Pues bien, buen augurio “llegué al El Dorado”.

Para llegar desde El Dorado hasta la ciudad de Bogotá, distante unos 15 kilómetros, lo más fácil es tomar el Transmilenio, que es una especie de bus-tram que cuesta 2000 pesos colombianos, o COPs. La única pega es que se necesita una tarjeta recargable (tipo la SUBE de Buenos Aires) que cuesta 3000 COPs.

Entonces lo que puedes hacer es comprar la tarjeta, o pedirle a alguien que te “cargue” el boleto y darle a él directamente los 2000 pesos.

O sino podés hacer como yo, que tenía que llegar hasta la Candelaria (es muy probable que vos también vayas para ahí, porque es el lugar turísticamente más conocido y lleno de hosteles) y desde el otro lado del parking del aeropuerto me tomé la Buseta Germania, de color negro, que me llevó directamente hasta la Candelaria por 1600 pesos y sin necesidad de tarjeta.

Yo en lo personal elegí esta opción porque me gusta viajar como el común de las personas. El regalo a mi elección fue sentarme al lado de una señora bogotana, de unos 55 años, ama de casa, que volvía del trabajo y que en los 50 minutos que duró el viaje me contó, sugirió, confirmó y explicó tanta info sobre la ciudad a la que acababa de llegar.

Salvo por eso, como recomendación propongo el Transmilenio. Por ser más directo (evita el tráfico), simple y no tan caro. Al final la diferencia de precios con la buseta es mínima.

 

La llegada

Me quedé poco en Bogotá, dos días con sus noches. Y fue demasiado considerando que mi idea era saltarme absolutamente la capital colombiana para llegar lo más rápido posible al norte, donde me esperaban las playas, el mar, el sol, los cocoteros y los ritmos latinos.

Llegué a un hostel que la verdad no quedará entre mis favoritos, pero tampoco me puedo quejar… Fue lo más económico que encontré, como siempre, pero dejaba un poco que desear, y ahí conecté que ¡claro! los hosteles simples y humildemente mantenidos de los pequeños pueblitos alejados como Lençóis, nada van a tener que ver con los hosteles super abarrotados de las grandes ciudades. Ni punto de comparación.

Así y todo, el chico de la recepción era muy piola (además de tener un ojo de cada color copado, ¿eh? 😉), y viendo que lo primero que hice al llegar fue buscar buses para irme lo antes posible a Cartagena, me sugirió mirar los vuelos de algunas nuevas aerolíneas Low Cost. Insistió en que, por casi la misma suma de dinero, me ahorraría una parva de horas de viaje, ya que los trayectos en bus, dadas las distancias sudamericanas, no duran menos de 18/20 horas. Me vio dudosa, y para convencerme me dijo que la segunda noche en el hostel me la regalaba, que no me iba a arrepentir de darle una chance a Bogotá.

Lo bien que hizo, porque entonces no me quedó otra que salir a recorrer la ciudad.

Mi primera impresión de Bogotá

Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de milicos que vi. Fuerzas armadas y policías de todos los rangos y colores por todas partes, en cada esquina, en cada plaza. No pude entender el porqué de toda esa seguridad. Ni que fuera Bogotá una ciudad bajo riesgo terrorista.

Lo segundo que acaparó mi atención fue la miseria. La verdadera miseria de la clase menos pudiente, yo diría nadapudiente, de la Capital colombiana.

Claro que todas las grandes urbes tienen problemas de indigencia. Quizás no me acuerdo de haberlo visto tan claro en otras metrópolis sudamericanas como Río de Janeiro, Sao Paulo o Recife. Ni siquiera en Salvador de Bahía. Sólo en Buenos Aires recuerdo haber visto escenas como las que vi, cerca dela terminal de trenes de Retiro, pero porque conozco mi ciudad y ahí al lado está la villa más grande.

Miseria e indigencia real. Gente súper delgada, vestida con harapos, revolviendo los tachos de basura en busca de envases que aún contuvieran algo para rascar y comer.

Es literal, no me lo contaron. Lo vi.

Fue muy duro. Pero más duro es saber que Bogotá ni siquiera entra en el ranking de las ciudades latinoamericanas con mayores niveles de pobreza e indigencia..!

Como tercera observación, noté una importante atmósfera de protesta. Me crucé con diferentes manifestaciones, entre animalistas y humanistas, marchas y exposiciones fotográficas.

Esto particularmente me gustó. Estoy a favor de que el pueblo se haga sentir. Un pueblo que protesta es un pueblo que piensa por sí mismo, un pueblo que decide no acatar todas las reglas impuestas. Un pueblo que exige respeto y que se cumplan sus derechos.

Latinoamérica tiene todavía mucho por crecer en cuestiones sociales, y Bogotá me dio la impresión de ir decidida en esta búsqueda.

Pero más allá de esta primera impresión, caminando por las calles del centro, empecé a mezclarme entre la gente, distraerme con los sonidos, los aromas y los sabores típicos de las calles bogotanas. De a poco, con cada paso, empecé a sentirme mejor, a relajarme, y a disfrutar del panorama. Empezaba mi viaje, descubriendo una ciudad que no estaba en mis planes.

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