De regreso al viejo continente

De regreso al viejo continente

El Duomo de Milán, con el clásico cielo azul que caracteriza la ciudad lombarda.. ;p

Ya desembarcada en el viejo continente, todavía con las últimas lágrimas húmedas, agarré mi mochila, hice la cola de migraciones y finalmente pasé la puerta donde del otro lado nadie me esperaba para recibirme, ningún cartel decía mi nombre.

Salí del aeropuerto internacional Milano Malpensa, me tomé un tren hasta el centro de la ciudad para visitar el Duomo (la Catedral principal de Milán), ya que estaba ahí y no tenía apuro por llegar a ningún lado.

Piazza del Duomo y Arco de ingreso a la Galeria Vittorio Emanuelle II

Es lindo, si, es grande e imponente; pero no es que me haya despertado grandes emociones. Sé que es uno de los templos de culto católico más grandes del mundo, es más, Wikipedia me dice que es la sexta iglesia cristiana más grande del mundo, pero ¿qué quieren que les diga? A mí el el Duomo de Firenze me apasiona mucho más. Tal vez estaba cansada por el viaje, tal vez seguía de duelo por el fin de esa travesía increíble por el más grande país sudamericano, pero la cuestión es que después de unas horas decidí no perder más tiempo en la ciudad de la moda e irme para otro lado. Ya volveré en otro momento y con otros ánimos.

Me senté en un bar, comí algo, me tomé una cerveza y empecé a organizarme sobre qué hacer los próximos días. Pedí wifi y arreglé con un Blablacar para bajar hasta Roma, y de ahí tomar un tren a Latina, donde vive una de mis mejores amigas que venía insistiéndome para que me quedara unos días a su casa y le contara de mis aventuras por Brasil.

Las seis horas de viaje en coche se hicieron siete por el tráfico, pero no pesaron para nada porque las charlas fueron super entretenidas. Así y todo, yo perdí el último tren Termini-Latina del día. Por suerte Paqui llamó a una amiga suya que vive en Roma para que me fuera a buscar y me quedé a dormir en su casa. ¡Gente linda si las hay!

Para quienes aún no lo conocen, Blablacar es una red social nacida en Francia que ayuda a personas que necesiten desplazarse al mismo lugar y al mismo momento, a que puedan organizarse para viajar juntos. Compartiendo el mismo vehículo y los gastos puntuales del viaje como combustible y peajes, el resultado es que el traslado sea no sólo más económico, sino también más ecológico, ya que, usando menos coches, disminuye la emisión extra de gases de efecto invernadero. Empezó a funcionar en 2009 y actualmente funciona exitosamente en casi toda Europa e incluso fuera, en países como Brasil, India y Rusia. Su peculiar nombre además, destaca los aspectos de socialización y conversación, haciendo los largos trayectos más amenos.

A todo esto, el chico del Blablacar, Andrea, casado con dos hijos, también me ofreció de quedarme en su casa en caso de que no llegáramos a tiempo para tomar el último tren, Y mientras aún íbamos de camino ya había llamado a su mujer para avisarle que llegaba con huéspedes a casa. ¿No es genial tanta generosidad? Al menos dónde dormir no me iba a faltar. Amo esto.

El reencuentro con Paqui!!

Al día siguiente después de desayunar, Valeria y yo tomamos el metro juntas, aunque a las pocas paradas ella bajó para ir su trabajo, mientras yo seguí hasta la Estación de Trenes Roma Termini.

Los días en casa de Paqui fueron la mejor manera de volver a Italia después de tantos meses. Ella es un amor de persona, la generosidad se le escapa por cada poro de su cuerpo. Somos totalmente opuestas, y aunque no compartamos en absoluto filosofías de vida y modos de pensar, nos tenemos un cariño tan fuerte que a veces siento que es la hermana que no tengo.

Lo primero que hicimos fue ir a una Sagra. Lo que me trajo muchos recuerdos porque había pasado bastante tiempo desde la última vez que había asistido a una.

Una sagra es una fiesta popular de carácter local que se realiza anualmente. Tienen origen en las celebraciones que tradicionalmente se realizaban para festejar las cosechas o promover productos enogastronómicos. Durante los días que dura una Sagra, además de puestos de comida basados en el producto o alimento que se esté celebrando, se pueden encontrar stands informativos y de venta de productos de los diferentes productores locales. A veces también hay pista de baile, o mercadito o juegos de feria.

Estas manifestaciones tradicionales, donde se respira y se vive lo más auténtico de cada pueblo y de cada país me emocionan mucho. Italia celebra cada año infinidad de sagras en los diferentes pueblos de toda la bota. Sería imposible calcular un número, existe al menos una por cada pueblito, por lo que se estima que se organizan entre 18 y 30 mil sagras cada año. Las más importantes son las que promueven productos muy particularmente típicos de determinado lugar, como la Sagra de la Cipolla rossa di Tropea (cebolla morada de Tropea), o la Sagra del Tartufo (de la trufa), o de la Castagna (castaña), o del Carciofo (alcachofa), o della Focaccia (especie de pizza típica de Génova), del vino novello (de la vendimia), o la Sagra del pistacchio (pistacho) e infinidad más…

En este caso la escogida fue la Sagra del Carciofo a Sezze, es decir, de la Alcachofa. Sezze es el borgo donde se celebra, un pequeño pueblito arrocado de la Región del Lazio. Como correspondía comimos todo lo relacionado con las alcachofas: Alcachofas fritas, lasaña de alcachofas, pasta con salsa alcachofas y alcachofas cocinadas en las más variadas formas. Una más deliciosa que la otra.

Acompañamos todo con un buen vino blanco, al que siguieron también el tinto y algunas cervezas. Disfrutamos de un baile folclórico de tarantela y hasta de un desfile medieval con sbandieratori y todo.

Amo Italia. Siempre la amé y siempre la voy a amar.

Algunos días y muchas horas de charla después me despedí de Paqui y decidí volver a Firenze para llegar finalmente a destino.

Me fui para la casa de otra amiga, Adri, y me quedé con ella los días necesarios hasta encontrar una habitación que me convenciera para alquilar. Terminé eligiendo una pieza muy linda en un departamento compartido, a buen precio, en la periferia del centro, a solo 10 minutos en bici de mi trabajo (el cual conseguí también en esos días). Contaba con el plus de un balcón para poner mis plantas, quedaba cerca de un mercadito artesanal y biológico, y de un puente por debajo del cual corre un pequeño arroyo con patos y nutrias. Además, mis compañeras de departamento me parecieron copadas, con buena onda y ordenadas.

Antes de cumplirse diez días de haber llegado a la cuna del Renacimiento, ya tenía casa y trabajo. Aproveché las tardes para visitar viejos amigos, matear un rato con las chicas y volver a de a poco a mi rutina, sin dejar de pensar ni un minuto en mi próximo viaje.

 

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