Breves relatos de la vida cotidiana en Firenze II

Breves relatos de la vida cotidiana en Firenze II

Cinco romanos, de Roma.

A las 23.00 mi jefe me dijo que mi turno terminaba. Uno de los chicos de la mesa más cercana escuchó y me invitó a tomar algo con ellos en otro bar al que se estaban dirigiendo. Habíamos intercambiado algunos chistes durante la cena, pero nada de trascendental. No sé porque acepté.

No había ningún motivo para decir que sí, como no había tampoco ningún motivo para decir que no. Total, saliendo “temprano” del trabajo, una birra me la hubiese tomado de cualquier manera antes de volver a casa. Además, el bar donde estaban por ir quedaba cerca, y los chicos eran unos romanos simpaticones de visita turística por Firenze. Cinco romanos, de Roma, como aclaró uno de ellos. Nunca entendí muy bien el énfasis.

El bar al final no quedaba tan cerca, pero como me venía matando de risa con las boludeces que decían estos cinco amigos, seguí camino con ellos.

Los guie por los vícolos de Santa Croce hasta el otro lado del centro Histórico, buscando este bar que les habían recomendado, pero que yo jamás había escuchado nombrar. Normal, debe haber siete millones de bares en Firenze. Pasamos delante del Duomo, hermosamente solitario y despojado de turistas a medianoche. Nos detuvimos unos minutos para admirar tanta belleza. Nos sacamos fotos, e inevitablemente surgieron las comparaciones entre la Cuna de Renacimiento y la Capital del Imperio Romano. Yo defendía “mi” Firenze con el mismo orgullo y fiereza con que ellos veneraban a la ciudad capital; tanto que terminamos por estallar a carcajadas.

Finalmente llegamos. Me invitaron una cerveza, dos, charlamos, nos reímos, lo pasamos bien.

Cuando nos despedimos se ofrecieron a acompañarme. Les dije que no hacía falta. Me agradecieron por la noche, por el “voto de confianza” y por la alegría. Yo les agradecí las cervezas, la compañía y las risas. Antonio, uno de los chicos, insistió una vez más en acompañarme y me dejó su número de teléfono por si algún día decidía ir a visitarlos a Roma. Nos saludamos y me fui a casa.

Quizás algunos estarán pensando en que fue arriesgado o incluso una estupidez haber hecho una cosa así. Recibir una invitación de cinco desconocidos a las once de la noche y aceptar como si nada, sin tener miedo, no es algo común, ni aceptado en muchas partes del mundo. Sin embargo, aunque varias veces he rechazado invitaciones en otras ocasiones, depende de la capacidad de uno el saber evaluar la situación. En este caso se veía que eran chicos educados y normales. La verdad es que con ellos hubo feeling desde el primer momento. Es el sentido común lo que te hace sentir adentro cuando una cosa así se puede hacer y cuando no. Es tan importante tener cuidado y desconfiar, como no dejarse llevar la paranoia y el prejuicio y confiar. O podríamos perdernos de conocer personas solares y maravillosas como estos cinco amigos romanos… de Roma.


10€ para el Eurail.

A las 8.00 apagué el despertador y dormí hasta las 9.00. Me dolía cada centímetro del cuerpo.

Me había despertado bañada en sudor, con fiebre y el cuerpo todo roto. Sólo pensaba en cómo iba a hacer para soportar las 13 horas de laburo que me quedaban por delante en estas condiciones.

Durante la mañana aguanté como pude y por suerte para la tarde ya me sentía un poco mejor. Menos mal, porque justo este período, en el laburo de las noches pasan todos los partidos de la Copa Europea. Esto quiere decir que, además de haber mucho trabajo, se termina tarde.

Después del partido Denoséquién Vs Nomeacuerdoelotro, le lloré un poco a mi jefe alegando que tenía fiebre y me dejó salir más temprano.

Fui a saludar a los chicos de la cocina. Al salir me encontré, en medio de la multitud borracha, una chica que hacía dibujos en las servilletas de papel. Le pregunté qué estaba haciendo y me contestó que se aburría en lugares así, y que cuando esto ocurría empezaba a dibujar. Le pregunté para qué había entrado si se aburría en lugares así, y me contestó algo que no entendí. Además, la pregunta era retórica, por lo que no me esforcé en esperar la respuesta tampoco.

Por su acento entendí que era latina. El bar estaba lleno, había muchos estudiantes norteamericanos borrachos y gritando, así que me despedí diciendo que tenía que ir a cambiarme para irme lo antes posible de ahí. Entonces me dijo “perfecto, vayamos a tomar algo.!”.  Bueno, le dije yo.

Salimos y fuimos a un bar ubicado a dos calles, que me quedaba de camino a casa. Yo me pedí una copa de vino, y ella, después de preguntar varios precios, terminó pidiéndose una birra piccola.

Resultó ser una hondureña en tránsito. Hablamos mucho y me contó de su viaje, que empezó en Ámsterdam para visitar a su hermana. Desde ahí venía bajando por las grandes capitales, visitando principalmente los museos.

Gracias a ella y a su pasión por el arte y la historia, ahora tengo una gran curiosidad por visitar, al menos, los museos de Firenze. Es increíble que en todas las ciudades donde estuve, nunca entré a un museo. Casi siempre fue por falta de tiempo, a veces por falta de dinero, pero también un poco por falta de interés.

Me leyó unas líneas de un viejo libro de Tolstoi que la acompañaba en su viaje. Pero cuando me dijo que la mañana siguiente se iba para Roma, y que habiendo pasado tres días en Firenze no había ido a Pisa (por pasar los días dentro de los museos), le dije que no, que no se podía ir sin ver Pisa y su gloriosa torre. Ella me contestó que ya no le quedaba casi dinero y que cada cambio del Eurail le costaba 10€.

Explico: el Eurail es un boleto único flexible, que se compra por no sé cuántos euros y te permite viajar de una ciudad a otra de Europa. En teoría lo venden como el modo más económico de viajar por todo el viejo continente, pero no es así. Lo que no sabía es que encima, cada vez que querés cambiar, modificar o “reservar” un pasaje, te cobran 10€.! Que robo…

Daniela ya había gastado 10€ para el viaje a Roma, desde dónde partía su vuelo de regreso a Honduras.

Diez euros son mucho y no son nada, depende de la situación en la que estás. Para ella obviamente era mucho. Podés hasta almorzar dos veces con esa suma. A mí en cambio, en este momento no me harían ni más rica ni más pobre. Así que afloró mi SOLIDARIEDAD MOCHILERA y le di los 10€ que tenía en el bolsillo, que eran la propina que había hecho ese día en el trabajo.

Le dije que lo usara para cambiar el tren de Roma, porque no podía irse sin visitar la Torre, que dista dos pasos de Firenze, y que con una mañana alcanza para verla toda.

Me agradeció y me regaló un retrato que me había estado haciendo sobre una de las viejas páginas del libro de Tolstoi, mientras yo le hablaba.

Le agradecí, nos despedimos y cada una siguió su camino.

Espero que haya ido a Pisa. Y si no, espero que se haya tomado una birra a mi nombre, y que un día si vuelve y va a Pisa, se acuerde de mí y me piense al menos un segundo.

One Reply to “Breves relatos de la vida cotidiana en Firenze II”

  1. hey Leila, è un gesto di generosità che va oltre il valore del denaro. Questo genere di generosità non si insegna a scuola, ma fa parte della linfa della nostra società. Senza questi gesti, saremo secchi come un tronco morto. Se fosse per molti, l’albero sarebbe già marcio e morto. Per fortuna c’è qualcuno che lo tiene in vita, ravvivandolo continuamente e riempiendolo di vita.

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