Breves relatos de la vida cotidiana en Firenze I

Breves relatos de la vida cotidiana en Firenze I

Aperitivo con Antonella

Antonella se gustaba un Spritz, el cóctel italiano más famoso, apoyada en la barra donde mientras tanto yo sacaba brillo a unas copas de vino.

Me pidió que le contara mi historia. Que le contara qué vueltas de la vida me habían llevado a vivir en Firenze, tan lejos de casa y de mi familia.

A medida que saltaba de un capítulo a otro de mi vida, se acentuaba en su rostro esa expresión, la misma que ponen los nenes cuando les contás un cuento que les gusta. Los ojos abiertos, la mirada fija, atenta y sonriendo. Cara de “¿y después???”

Me hizo acordar a mi sobrino, cuando mirándome de la misma manera me dijo: “faaaaaa tía, tu vida parece una peli!”. Me hizo recordar lo que sentí en aquella ocasión, un calor que te abraza el pecho desde adentro.

Spritz, aperitivo italiano

Fue lindo sentir que alguien te escuche de esa manera, realmente interesado en tu historia. Te hace sentir importante por un momento. Como que no pasás desapercibido entre millos de otras almas, no sos un número más.

Pero lo más importante es que te ayuda a ser más consciente de tu historia, y de la suerte de haber vivido lo que sea que cada uno haya vivido. Todos tenemos una historia. Todos tenemos algo para contar.

Nos vivimos quejando de lo que no tenemos, de lo que nos falta, de lo que queremos, de lo que nos pasa. Y nos olvidamos fácilmente de las cosas hermosas que vivimos, de las personas que nos rodean, de las experiencias que guardamos en nuestra maleta personal, de todo lo que sí tenemos.

 

Nos olvidamos fácilmente de lo positivo y nos concentramos demasiado en lo negativo.

 

Mas tarde llegó “de casualidad” otra argentina. Juli se sentó con nosotras, se pidió una cerveza y seguimos charlando.

Hablamos de viajes desde el punto de vista de argentinos en el exterior. Del viajar barato, gastando poco. Del vivir en otro país y ya no querer volver a vivir en Buenos Aires. De lo que nos empujó a irnos lejos de casa…

Hablamos de la vida, de la soledad, de historias familiares. Hablamos de las inseguridades y las seguridades en uno mismo; de cómo nos ven y cómo nos vemos. De cómo cambia nuestra percepción de la realidad y la propia visión de nosotros mismos con los años y los kilómetros.

En ese momento me di cuenta de que

MUCHAS VECES DAMOS A LOS DEMÁS

CONSEJOS QUE DEBERÍAMOS TOMAR PARA NOSOTROS MISMOS

 


El Hotel de Vía dei Mille

Hoy al trabajo llegaron dos chicos de Perú, dos chicos jóvenes, de unos 20 años. Estaban de vacaciones por Europa y miraban el partido de la Liga Inglesa. Se tomaron unas cervezas, comieron pizza, postre y más cervezas. Al terminar el partido quisieron pagar, pero no pudieron porque la tarjeta les daba denegada.

Contaban sólo con una tarjeta entre ambos, y con cero efectivo, por lo que uno de ellos tuvo que salir a buscar un cajero automático de donde sacar dinero. Volvió a los veinte minutos igual que como se había ido, sin un peso.

“¿Te suena de algo Leila?” me pregunté a mí misma. Se trataba de una situación normal para mí, porque me ya me había sucedido varias veces en los viajes. Yo casi nunca ando con efectivo encima. Pero a mí jefe no le causaba tanta gracia.

Les pregunté si andaban viajando sin NADA de efectivo y me contestaron que no, pero que se habían dejado una de las billeteras en la habitación del Hotel donde paraban. Tanto contaban tranquilos con la tarjeta del otro. Razonamiento lógico para mí, yo hubiese hecho igual.

A mi cara de “Y… andá a buscarlo, ¿no?” respondieron con miedo alegando que el Hotel quedaba lejos.

“¿Lejos cuánto?”. “Viale dei Mille”. “Ah! Eso es cerca de mi casa. Si querés te presto mi bici, que vas y venís al toque.”. “¿Posta? ¡Uh, gracias!”

mi bici, «La Poderosa»..

Acompañé a uno de ellos hasta donde estaba “atada” mi bici, le di la llave del candado y le expliqué como llegar. El otro chico se quedó con nosotros en el bar, porque obviamente mi jefe no se fiaba ni un poco. Me miró con cara de “sos rara…”.

Yo no lo pensé mucho en ese momento. Sabía que volvería, se les veía en la cara que eran buenos muchachos.

El chico volvió casi una hora después porque obviamente se perdió por el camino. Claro, no es fácil ubicarse en Firenze y menos si estás nervioso y apurado. La peor parte la pasó el chico que tuvo que esperarlo. Pobre, bajo la constante miraba inquisidora del boludo de mi jefe…

Conclusiones..

Aunque para mí ofrecerles la bici fue lo más natural del mundo, mi jefe luego me hizo darme cuenta de que no todo el mundo haría una cosa así. Me sentí contenta de no ser como todo el mundo. Vivimos en una sociedad que mira sólo por los intereses personales. Una sociedad enferma que hace olvidarnos que todos podemos en cualquier momento necesitar del otro.

Y es que yo he recibido mucha ayuda en mi vida. Desde que salí de Buenos Aires y empecé a emigrar sola, gente de todos los lugares me han siempre ayudado, incluso sin conocerme y en situaciones poco convencionales. Son muchas las veces que han confiado en mí y me han prestado dinero, o la bici, o el coche, o me han abierto las puertas de su casa. Es por eso por lo que aprendí a dar, confiar, ayudar al prójimo.

Además, una cosa así a cualquiera le puede pasar, en cualquier momento y lugar.

 

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